RECOMENDANOS con un click: Derecho Constitucional - Domingo Rondina - Dando cátedra: noviembre 2006

Acerca del Constitucionalista

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Santa Fe, Santa Fe, Argentina
Abogado con veleidades de constitucionalista y literato. Aprendiz de mucho, oficial de nada. Librepensador me educó mi padre... Mi CV aquí http://www.domingorondina.com.ar/1999/10/cv.html

¡allí está, detrás del trono, la naranja que perdí!


yo sigo en busca de lo naranja y verde


El Mono Liso tenía una naranja, que mucho le costó conseguir, que mucho cuidó, que mucho entrenó.
Pero una noche, entró un ladrón y se la robó.
Mono Liso acudió al Rey a quejarse por el robo, en busca de justicia.
El Rey le miente que Otro es responsable de sus males. Le miente porque sí, pero con frenesí.
Y en ese momento, Mono Liso hace un descubrimiento sorprendente: la naranja está detrás del trono, secuestrada por el mismísimo Rey.

Como siempre, la genial María Elena Walsh, desliza en una canción, supuestamente infantil, una profunda lección política.

Nosotros, aquí, vamos a buscarle una lectura jurídico-constitucional.

Nuestras libertades públicas son permanentemente vulneradas. Los laureles libertarios que supimos conseguir son birlados en la noche. Nuestros derechos civiles, verdaderas áreas exentas del individuo, son invadidos por el Estado.

Y nos costó conquistarlos, nos costó aprender a usarlos y defenderlos, mucho nos costó cuidarlos, frente al Estado omnipotente de las monarquías absolutas.

Pero en la noche de los tiempos, actualmente, en distintas partes del mundo, incluso asegurando que pretenden defenderlos, nos están robando nuestras libertades.

No podemos disponer sobre nuestros propios cuerpos, no podemos constituir las familias que deseamos, no podemos consumir aquello que deseamos aunque nos dañe, no podemos decidir si ser padres o no, no podemos elegir contra lo que el Estado considera deseable.

Y tenemos la tonta pretensión civilizada de recurrir al mismo Estado para que nos asegure la justicia, el recupero de nuestra dorada naranja. Pero siempre fui un tonto, que creyó en la legalidad…

Y nuestros gobernantes, con esa infantil perseverancia que cultivan, juran perjurando que ellos no son los responsables, que son otros los culpables: las circunstancias, otros estados, los demás políticos, los demás ciudadanos, la oculta sinarquía, e incluso las mismas víctimas. Nunca ellos, nunca el gobierno es responsable de nuestra pérdida.

Es entonces donde debemos abrir los ojos: debemos advertir que nuestra perdida naranja está DETRÁS DEL TRONO.

Es triste, pero debería ser esperable.

El Estado nos está robando las libertades personales. Cada vez más su presencia aminora nuestro ámbito de libre albedrío. Estamos retrocediendo, nos estamos medievalizando.

Tenemos que recuperar nuestra anaranjada libertad, tenemos que sacarla de donde la tienen escondida, detrás del trono, reconquistarla de las garras del Estado, y volver a ser individuos libres, con amplios márgenes de acción.

Quizás no sea fácil, quizás haya que luchar contra este Estado que se pretende trascendente, superior al individuo, capaz de decidir contra todos.
Pero tenemos que intentarlo, la libertad es más valiosa que cualquier otro bien.

Por eso es imprescindible tomar conciencia, ver, y luego gritar ‘¡allí está, detrás del trono, la naranja que perdí!’.


Entre el Jordán y el Leteo

Renaciendo en el Jordán 


“-Ahora el enemigo va a ganarnos muchas batallas y por mucho tiempo... –dijo Quomo.
-¿Por qué se pone pesimista ahora? ¿Ganamos, no?
-Sí pero no es suficiente, todavía nos quedan por hacer algunas cosas más: sublevar las Malvinas, hacer cornudo al Príncipe de Gales, desalcoholizar el wisky, vender Playboy en Teherán, desmoralizar a los japoneses, sacarles a los pobres el orgullo de ser pobres.
-¿Lo vamos a hacer?
-Es más fácil descubrir el secreto de la ruleta, le aseguro. Pero alguna vez alguien lo hará.
-No agachar más la cabeza –dijo Chemir.”
(Osvaldo Soriano, “A sus plantas rendido un león”)


I) Historia antigua
Intentaremos un análisis absolutamente abstracto, procurando que nadie se sienta ofendido en lo personal. Un análisis, diría, semántico, histórico, geográfico, mitológico.
Dos ríos titulan nuestro opúsculo. Dos ríos por antonomasia. Dos ríos que bañan de metáforas la historia de los hombres.
Jordán
El río Jordán recorre varios países: Israel, Líbano, Palestina, Siria y Jordania, la cual toma de él su nombre.
Río importantísimo en la mitología judeocristiana, separa al pueblo de Israel de la tierra prometida, y por eso Moshé, al ser condenado por J’h’v’, sabe que nunca cruzará el Jordán.
El Jordán es aquel río en el cual Juan el Bautista sumerge a Jesús, purificándolo innecesariamente, y donde se concreta la segunda y definitiva Teofanía, ya que el Espíritu Santo lo sobrevuela y la voz del Padre, desde los cielos, anuncia que ése es su hijo.
En el Jordán se bañaban los enfermos, convencidos de sus dotes curativas del cuerpo. En el Jordán bautizaba Juan, convencido de sus dotes purificadoras del alma.
Por eso el Jordán es el río del Perdón y de la Promesa.
Leteo
El otro río es el Leteo. Nunca se supo exactamente por dónde arrastraba su cauce. Algunas leyendas creen verlo en el río Limia, que nace en tierras de la provincia de Orense (España).
El Leteo era uno de los ríos divinos de las creencias griegas.
Durante una etapa que fue silenciada por el tomismo, que pretendía ver en la filosofía griega un precristianismo, la mitología griega (vid. Pitágoras) intuyó la posibilidad de la reencarnación.
Para que ese volver a la vida funcionase, primero había que purgar los pecados y luego olvidar el pasado (que no es lo mismo pero es igual).
Los pecados se purgaban a través de distintos castigos, de naturaleza varia y, por lo general, basados en la repetición (las danaides, Tántalo, Sísifo, Prometeo, etc.).
El olvido del pasado se efectuaba mágicamente al cruzar el Leteo. El río de la amnesis borraba -casi definitivamente- el recuerdo de la vida anterior.
Sus propiedades de paso al mundo de los vivos lo identifican de algún modo con el líquido amniótico, con el parto, con la mujer.
Así, el Leteo es el río del olvido y del renacimiento.
Dos culturas
Griegos y Judíos. Dos ríos. Una suerte de encuentro entre lo helénico y lo hebreo.
Borges señalaba, en una conferencia creo que inédita, que “la cristiandad, más allá de nuestras convicciones o de nuestras dudas personales, es una amalgama de dos naciones que me parecen esenciales para el mundo occidental. Esas son: Israel (el cristianismo procede de Israel) y Grecia.” Y luego “ya que Roma fue una suerte de extensión del helenismo, creo que todos, por el mero hecho de pertenecer a la cultura occidental, somos hebreos y griegos.”
Yo agregaré que también nos encontramos ambas culturas, oriental y occidental, por definición, entre estos dos ríos cuyas corrientes nos arrastran: entre el perdón y el olvido.

II) Historia no tan antigua
Aunque la metáfora sea esperable, debo decir que a lo largo de la historia argentina, venimos constituyendo una identidad fluvial que rastrea su cauce entre el Jordán y el Leteo.
El perdón no implica olvido, pero lo simula. El perdón es una sensación agria que cría raíces en el pecho esperando la oportunidad en que la herida vuelva a abrirse para sembrar de pus el universo. El perdón mendiga el silencio, o la media voz del confesionario.
El olvido necesita borrar no sólo el recuerdo del enemigo sino al enemigo mismo. El olvido se construye a puñetazos, a balazos, revolución tras revolución. El olvido es un grito, pero no una queja, es un alarido guerrero para liquidar mágicamente la batalla. Nos olvidaremos el día que no existan más los que querían que los perdonáramos. Cuando no haya más penas, habrá olvidos.
1810
Nuestros primeros patriotas, aún sin patria, eran arrastrados por corrientes opuestas: Morenistas por el olvido, Saavedristas por el perdón.
El perdón, como el Jordán, es muy cristiano. Por eso Saavedra cuenta con la Iglesia de su lado. El olvido, como el Leteo, es pagano. Por eso Moreno está solo, muere solo, con la cabeza llena de frases en francés, con una boca que no puede hablar porque se ahoga.
Siglo XX
La misma combinación vemos en 1916. Los Mitristas son el perdón, la reconciliación con el enemigo. Los Alemnistas son el olvido, la batalla.
Y en 1946, cuando la oligarquía reclama el perdón, el disimulo, el gatopardismo, Eva, gigantesca, demuestra que no habrá perdón sino combate. Que no hay, no puede haber, tregua alguna entre el pueblo y el antipueblo. Que el olvido sobrevendrá cuando se mueran de miedo porque una cualquiera se sienta en la mesa de las grandes decisiones, cuando se mueran de asco viendo cómo nos lavamos las patas en la fuente de Plaza de Mayo, cuando se mueran de vergüenza viendo que la mayoría reclama lo robado, cuando se mueran...
Después, ya nada fue lo mismo. Y desde el 55 al 83 lo único que se repartió fue agua del Jordán. Cada uno que llegaba, como Illia, promulgaba una amnistía, hablaba de reconciliación nacional, de sentarnos a la mesa con quienes nos provocaban arcadas.
Alfonsín
Y en 1983 Alfonsín nos hizo creer que venía el Leteo, haciendo ruido como el río que agua trae. Íbamos a tener reconciliación pero desde la justicia, no desde el perdón.
Y sin embargo, mirado hoy a lo lejos, el alfonsinismo no fue otra cosa que un gran zambullón en el Jordán. Un blanqueo macabro.
El sistema funcionó más o menos así: si te sumás a nosotros, si condenás el pasado, si empezás a hablar de derechos humanos, vas a tener un salvoconducto a la resocialización.
Fue el gran ojo de la aguja por el que pasaron los camellos represores. Fue el inmenso ojo de la aguja que se abrió para borrar los pecados de una generación. Fue el salvoconducto, el pasadizo.
Y por ese ojo de aguja pasaron los ricos en desaciertos, con camello y todo: Grondona, La Nación, Clarín, Ruckauf, Menotti y toda la selección, el mismo Borges, Sábato que llamaba a Videla ‘General Progresista’, el privilegiado Bacigaluppo, Daniel Marx que siguió a cargo de la deuda, Cavallo que la estatizó, De La Rúa y su cuñado Basilio Pertiné, el cardenal Aramburu, la fiscal Carrió, y mil demonios más cuyo nombre es Legión, porque son muchos.
Las Universidades
Y no poco de esa legión fue lo que entró en las Universidades Argentinas. Y hay que decirlo. ¿Nunca se nos ocurrió preguntar a nuestros eximios profesores qué función ocupaban en el Proceso? Sería un ejercicio digno de encomio publicar las listas de autoridades universitarias que fueron impuestas por el régimen.
Y la de profesores que fueron nombrados, ascendidos, mimados mientras se mataba a sus alumnos. Y la lista de altos funcionarios de la Justicia y del Gobierno, aunque sea Provincial. Ni hablar si pudiésemos obtener las listas de quienes soplaban a los servicios de inteligencia del Estado.
¡Y qué gracioso! Los nombres que encontraríamos, coincidirían -¿error? ¿amnesia?- con los de los grandes defensores de los derechos humanos, de los personalísimos.
Hay cátedras enteras que se han bañado en el Jordán. Hay nombres que por entonces metían miedo y hoy sólo dan vergüenza.
Hagamos la prueba, preguntemos. Seguramente oiremos hablar de reconciliación nacional, de perdón, de Jordanes caudalosos.
¿Por qué no?
Pero ¿está mal esa conversión? ¿no puede una persona haberse equivocado? ¿no puede haber aceptado un puesto por vanidad sin querer por ello convalidar atrocidades?
Yo digo que hay que desenmascararlos. Porque necesitamos dejar de vivir en la falsedad, en la esquizofrenia. Porque “violencia es mentir”.
Y hay que tener cuidado porque sus discursos son caballos de Troya. Ellos son los mismos que dirán que hay que moderar los escraches. Que pobre Alemann. Que hacia dónde vamos. Que no se pueden ir todos.
O dirán que los políticos son corruptos, que hace falta otra dirigencia, y mientras tanto, con cara de tener el ancho de espadas, encubrirán sus ‘pequeños’ robos, sus pasados homicidas, sus denuncias.
Y aquí debo decir algo terrible: casi que prefiero a Astiz, que sigue reivindicando los horrores de Estado. Que no disimula su ponzoña. Facineroso y todo es sincero, un sincero hijo de puta. Pero no me miente valores para que me olvide de quién fue quién en la Argentina.
Los otros, los jordánicos, se zambullen en el perdón, se lavan con lejía sus pústulas. Militan en el Opus Dei, condenan el aborto de los pobres y la píldora del día después, temen a la memoria combativa, a la utopía militante, son políticamente correctos.
Hoy parece que excelencia académica es hablar pomposamente, saludar amablemente, aburrir solemnemente, y cobrar por eso.
Y excelencia académica es compromiso con la verdad, con lo justo, con la memoria. Excelencia académica es, a veces, gritar en el desierto.

III) Historia por-venir
Creo que merecemos otro destino. Otro río deberá traernos otras aguas. Al igual que ese sol que brilló el 20 de diciembre (no el 19) nos trajo otros días.
No podemos seguir creyendo en el perdón. El perdón no está cerca de la Justicia. Y para olvidar de verdad deberíamos borrar del mapa la mentira. El olvido es paz, y la paz proviene de la justicia, la paz nacerá cuando sepamos que logramos quebrar a la injusticia, cuando hayamos terminado con las causas de nuestro dolor, cuando se nos haga carne aquel lema olvidado de que “las libertades que nos faltan son las vergüenzas que nos quedan”.
Merecimos este país, merecimos esta angustia. Pero hagamos algo para dejar de merecerla. Ésta es nuestra casa y no debemos permitir que nos hagan sentir como inquilinos.
Construyamos una revolución, aunque sea chiquitita. Encaremos las cosas de otro modo. Reclamemos a los gritos para que no nos roben la esperanza. No estamos estudiando ingeniería, no estamos enseñando teología. Estamos construyendo la más noble pero también la más humana de las ciencias. Estamos construyendo Derecho, aunque lo construyamos por la izquierda.
Éste que escribe intenta desde hace algunos años una batallita. Y aceptó y aceptará los costos, de huevo. Veamos que tienen para decir los que vienen, todos ustedes. Veamos qué Universidad y qué Argentina sueñan, y muéstrennos qué hacen para realizarlas. Todos confiamos en eso. Los estamos esperando.
Veamos si tragamos el perdón o si construimos el olvido. Aunque sea para no merecerlo.

En el pais de las verbas inflamadas

Lenguas... 




En el país de las verbas inflamadas


“Este mundo es nuestro mundo;
este país, nuestro país;
esta sociedad, nuestra sociedad.
¿Quién tomará la palabra si no la tomamos nosotros?
¿Quién pasará a la acción si no somos nosotros?”
(Domingo French)




Vengo con tanta nostalgia de un país lejano que ya quedó atrás...
(Oscar Taverniso)


Una vez este país se pensó grande y fuerte. Hubo hombres que diseñaron un modelito que hasta hoy llenaría de envidia a cualquier otro país. Hubo hombres que construyeron las bases de la nacionalidad, que aportaron -más o menos- a hacer real el país soñado: Sarmiento, Irigoyen, Perón, Alfonsín...
Hasta el gobierno de Menem nos sirvió: pudimos unirnos los que estábamos del lado del pueblo y enfrentar lo que considerábamos antipueblo (¿quién se acuerda de ‘la contradicción fundamental’ de 1982).


La República Argentina: esa novia enamorada y abandonada.

En primer lugar no vendría mal aclarar la etimología de la palabra ‘palabra’. Viene del latín ‘parabola’ que significa "comparación, símil, reproducción" como su antecesora griega que era el verbo "comparar". Saussure no estaba ni en pañales y ya alguien entendió que la palabra no era nada en sí misma sino como representación de otra cosa. Que la comparación es la principal función de la palabra que suscita en nuestra mente imágenes, que nos genera un mundo irreal y, por irreal, verdadero.
¿Pero qué clase de país es éste donde nos alimentamos del viento de la palabra?
Somos una jovencita fascinada que nos hemos enamorado para siempre de los que nos supieron chamullar: Castelli, Sarmiento, Alem, Perón, Evita, Alfonsín, Carrió...
Mientras los hombres que no fueron buenos oradores han sido o serán olvidados por la historia romántica de la palabra: Berutti, Roca, Yrigoyen, Menem...
¿Será que nos sabemos tan huérfanos de realidades que decidimos optar por la fantasía de la palabra? ¿Será que hemos renunciado a construir y nos quedamos con las promesas?
Las claves que intentaré buscar en este opúsculo rondan estas preguntas.


Una buena frase política puede detener el análisis durante 50 años
(Murphy)

Quien mire un poco la secuencia electoral de estos últimos 18 años notará que el pueblo siempre eligió al presidente que le hacía falta, que nunca deshonró su compromiso histórico.
En el 83 necesitábamos consolidar democracia y derechos humanos: no podía ser Luder con Herminio Iglesias y los muchachos, y elegimos al demócrata. Elegimos al que nos convenció de que podíamos ser los campeones de los derechos humanos.
A primera vista se podría pensar que nos equivocamos, que seguramente el peronismo había sufrido más en carne propia la persecución militar que el radicalismo. Pero creo que elegimos acertadamente. Alfonsín era el más duro, tuvo lo que hay que tener para consolidar la democracia, pero con el tiempo se fue ablandando. Y ya no nos pudo vender la Obediencia, el Punto, el Austral y se fue.
Pero Alfonsín ya ha sido perdonado: porque siempre supo hablarnos melifluamente, incluso supo conmovernos a tiempo, aparecer convaleciente, y nosotros amamos a quien sufre y sabe hablar. Y el tío Alfonso lo sabe, por eso, desfalleciente, caído sobre una ruta patagónica, aprovechó para decir la que pudo ser su última frase: “Dígale a la gente de Ingeniero Jacobacci que me perdonen, pero me parece que no voy a poder llegar a tiempo”. Inmenso, titánico, conmovedor... patético. Y nos encanta.
El 89 llegó con su saña, no es fácil tener un presidente electo siete meses antes del fin del mandato. Alfonsín renuncia y, aunque no se respeta el procedimiento constitucional, asume Menem.
¿Por qué lo elegimos a Carlos Saúl?? Porque había hambre. Porque habíamos descubierto que con la democracia pelada no se come, ni se educa, ni se cura. Y elegimos al que nos habló del granero del mundo, del país rico que podía tener el salariazo y la revolución productiva. Que si no teníamos el bienestar era porque alguien lo escondía pero estaba ahí, esperando para ser repartido.
Votamos al provinciano que andaba a caballo y comía ñoquis, que era abogado pero no lo parecía. Era mejor que el cordobés que usaba lentes, traje y hablaba a lo serio y, para colmo, nos planteaba que había que achicarse. Linda elección la del 89, había que elegir entre dos ladrones. No sé si elegimos al menor.
Pero insisto en que elegimos bien: probablemente Angeloz no hubiese podido hacer otra cosa que seguir a los tumbos sobre un país en ruinas.
Y Charly Méndez anduvo sin rumbo un año, sabía que debía aliarse al establishment (que le había pagado la campaña) pero no sabía cómo darles de ganar y que la gente se sienta mejor. Y lo encontró a Cavallo que lo orientó. Y gobernó seis años con la estabilidad, no de las instituciones, sino del dinero. Nos había sabido chamullar: la inflación es tu peor problema y yo te lo resuelvo.
Político inteligente es aquel que genera problemas para los cuales sólo él tiene la solución.
Reformamos la Constitución y la llenamos de palabras. Mucha declamatoria. Verba para vos, verba para mí. Promesas y más promesas. Pero Menem no es un hombre de palabras, sino de acción, y puso en la reforma lo único operativo que necesitó. Y fue reelecto.
Y creo que volvimos a elegir bien. Al que nos podía dar seguridad, aunque fuese la seguridad del espanto. ¿O hay alguien hoy que crea que Bordón o Masaccesi hubieran sido mejores presidentes??
Y Carlos I siguió gobernando. Y como todos los hombres de acción se limpiaba los mocos con las palabras, aunque esas palabras fueran la ley.
Pero no podía resolvernos el hambre. Ni la sensación de que nos estaban saqueando.
Y se fue. Entre lo que parecía ser el abucheo general. Aunque ahora le están preparando el perdón histórico. Menem no se va a accidentar como Alfonsín. Se hace detener, se convierte en preso político, deja gobernar a los que le ganaron. Cuando en septiembre la Cámara lo libere lo van a ir a buscar para pedirle perdón.
No pudimos hacer justicia sin show, correctamente, tranquilamente, probadamente, y vamos a perder una oportunidad histórica. Es el axioma de Tertuliano: la sangre de los mártires es semilla de victoria.
Y llegó el 10 de octubre del 99. Y elegimos a De La Rúa ¿por qué?
Necesitábamos alguien que termine con la corrupción y que gobierne moderadamente, previsiblemente. No era Duhalde que no pudo desprenderse de las acusaciones de corrupción ni convencernos de que era un buen gobernante.
Y creo que no nos equivocamos. Duhalde no servía (aunque está soñando con el 2003). Pero eso no quiere decir que De la Rúa sea buen presidente.
Y ahora en octubre de 2001 vamos a cambiar la mitad de la Cámara de Diputados y todo el Senado. Y es previsible que se iniciará el camino de caída de este gobierno. Creo que está cantado que elegiremos al menos peor. Pero eso no es esperanza. Ni mucho menos.


Las ideas no se matan
(Sarmiento)

Porque realmente queríamos terminar con la fiesta de pocos (y esto terminó en la fiesta de Antonito y algún otro), queríamos trabajo (y tuvimos ajuste), queríamos previsibilidad (y tuvimos 8 cambios de planes en un año y medio), queríamos gobierno (y encontramos la muerte de la política).
Como decía un amigo, este gobierno es especialista en dos cosas:
1- en dilapidar crédito político: a los radicales sólo hay que dejarlos gobernar, y, gracias a Chacho descubrimos que a los frepasistas sólo hay que dejarlos ganar.
2- en resucitar cadáveres: lo saben Cafiero, Duhalde, Alfonsín, Terragno, el episcopado, Alicia Castro, Daer, Barrionuevo, Bravo, etc.
No pudieron destituir (o por lo menos licenciar) a un solo senador, ni siquiera a los confesos, ni a Cantarero ni a Massat. No pudieron encontrar un solo economista que no sea el monstruo al que responsabilizáramos de todos los males. No pudieron darnos honestidad. No pudieron darnos gobierno. No pudieron o no quisieron.
Tenemos que sufrir payasos, oligarcas, inútiles, malditos: Bullrich, Colombo, Pertiné, De Santibañes, Gallo, Baylac, Antonito y Aito, Aiello, y mil más.
Y hoy, en esta orfandad dirigencial que estamos sufriendo, no vemos quién se puede hacer cargo del país si nos decidimos a echar a patadas a estos tipos. Estamos bailando con la más fea pero no podemos dejarla porque no encontraríamos otra, quizás porque nosotros somos los más feos de la milonga.
Pero lo peor de todo es que tenemos que terminar admirando a imbéciles, descubrimos que los peores son mejores que los que están. Que es preferible la delirante mística de la Carrió, aunque esté des-carriada. O el elitista Terragno. O el polifracasado De La Sota. A este paso el mejor candidato va a terminar siendo Bilardo.


Poca res y mucha verba

Y entre los miles de discursos que compramos ya sabemos que las teorías conspirativas son las favoritas, las preferimos siempre porque explican que Argentina es pobre por algún culpable que no somos nosotros. Se llame FMI, lavadores de dinero, oro ruso, soplones de la iglesia, banqueros, bolitas, financistas, europeos, Brasil fuerte, Chile autoritario, López Rega, el entorno, los brujos, la maldición bonaerense, Racing, los del Norte, el destino, Rosas, Lavalle, Sarmiento, el presidente de turno, los políticos o cualquiera que no seamos nosotros.
Y todo, como decía Jauretche, es discurso para el zonzaje.
Nunca nadie nos ha dicho que somos malos, haraganes, cagones, fascistas, ladrones. Nadie nos dijo que mientras el presidente se roba los impuestos nosotros nos robamos las lapiceras de la oficina. Que mientras otros países están trabajando todos nosotros nos rascamos el higo y queremos que nos paguen fortunas por ello. Que nos encantan los discursos de derecha pero queremos que nos digan progresistas. Nos barnizamos de izquierda, como hace Clarín, Hadad, Mauro Viale, Crónica. Eso es lo que favorece al patacónico Ruckauf, lo que nos hizo ver 20 años a Neustadt y a Mirta Legrand.
Nunca nadie nos dijo que no servimos para revolucionarios, que somos el único país que demoró 6 años entre la revolución y la independencia, que los pocos revolucionarios que engendramos en los 70 o los matamos, o los olvidamos, o los despreciamos, o los dejamos solos. Somos, hay que decirlo, el mismo país que fusiló a Liniers y a French, que arrojó por la borda a Moreno, que deslenguó a Castelli, que olvidó al Brigadier López y a Domingo Cullen, que se burla de Evita...


Esta noche no me pidas nada, sólo endúlzame los oídos...
(Patricia Sosa)

¿Qué nos pasa a los argentinos?? ¿Estamos locos?? Yo creo que no. Creo que somos unos pobres tipos que nos enamoramos. Que somos seducidos y abandonados. Siempre serviles y siempre maltratados. Somos una chica de barrio a la que embaraza cada uno que le dice algo lindo. Es que estamos tan necesitados de afecto, necesitamos creer que alguien nos quiere bien, que alguien quiere para nosotros un buen futuro.
Pero parece que no tenemos suerte.
Y nos vamos poniendo viejos, cada vez habrá menos candidatos y un día estaremos desahuciados. Quizás ese día sabremos que hubo un tiempo, un inicio de milenio, un año en que todavía éramos jóvenes y fuertes, en que debimos ponernos de pie y hacer tronar el escarmiento.


Si a la historia la escriben los que ganan
eso quiere decir que hay otra historia...

Tenemos que saber, de una vez para siempre, que si a la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia. Pero tampoco es la verdadera, apenas es otra historia. Quizás no haya historia verdadera. Quizás tengamos que aprender a vivir con nuestra media historia y media ficción. Quizás debamos aprender a convivir con la falta, con nuestras limitaciones, con nuestras verbas moderadas.
Aunque todo esto no haya sido más que palabras.

Somos cascarrabias

Enano constitucionalista



Equilibrio de poderes en una sociedad desequilibrada.

El dilema de Hamilton y las angustias de los constitucionalistas.


La Constitución diseña, imbuida del ideario republicano de la tripartición de poder.
La Constitución también incluye, mecanismos de frenos y contrapesos para asegurar esa separación.

La idea, como todos sabemos, es asegurar que los tres Palacios se mantengan independientes.
No aislados, no esquizofrenizados del poder, sino independientes, ecuánimes, al valorar y al decidir.

¿Y eso por qué? Porque el ser humano, basándose en la experiencia de las relaciones interpersonales más básicas, ha entendido que es imposible lograr objetividad si es la misma persona quien norma, ejecuta y juzga.
Hemos comprendido que no existe un ser omnisapiente y omnipresente, capaz de actuar sin atarse a pasiones ni intereses propios.
Entonces, para conjurar esta incapacidad, entendimos que había un solo mecanismo: el tercero.
Que sea otro el que juzgue, que sea otro el que legisle, que sea otro el que cumpla.
Este otro, es el ‘Otro’ del psicoanálisis lacaniano.
Es, debe ser para que el sistema funcione, una entidad completamente diferenciada.

Y todo sólo para lograr la objetividad al decidir, que evidentemente es un bien muy preciado.

Podemos decir sin equivocarnos que las constituciones tienen dos funciones básicas: asegurar los derechos del individuo y organizar la independencia de los poderes. O quizás una sola función desde Juan sin Tierra: resguardar los derechos individuales, porque la división de los poderes es también garantía de ellos.

Pero ahora, luego de hacer las mejores normas constitucionales, luego de interpretarlas en pro de la estanqueidad de los poderes, luego de hacer doctrina en pro de la independencia, luego de transitar centurias de constitucionalismo, no podemos evitar la angustia, tan clarividentemente presagiada por Alexander Hamilton, el más brillante de los constitucionalistas:
"El principio fundamental del gobierno republicano, reconoce el derecho del pueblo a alterar o abolir la Constitución en vigor en todo caso en que llegue a la conclusión de que está en desacuerdo con su felicidad, sin embargo no sería legítimo deducir de este principio que los representantes del pueblo estarían autorizados por esa circunstancia para violar las prevenciones de la Constitución vigente cada vez que una afición pasajera dominara a una mayoría de sus electores en un sentido contrario a dichas disposiciones, o que los tribunales estarían más obligados a tolerar las infracciones cometidas en esta forma que las que procedieran únicamente de las maquinaciones del cuerpo representativo.
Mientras el pueblo no haya anulado o cambiado la forma establecida, por medio de un acto solemne y legalmente autorizado, seguirá obligándolo tanto individual como colectivamente; y ninguna suposición con respecto a sus sentimientos, ni aun el conocimiento fehaciente de ellos, puede autorizar a sus representantes para apartarse de dicha forma previamente al acto que indicamos.
Pero es fácil comprender que se necesitaría una firmeza poco común de parte de los jueces para que sigan cumpliendo con su deber como fieles guardianes de la Constitución, cuando las contravenciones a ella por el Legislativo hayan sido alentadas por la opinión de la mayor parte de la comunidad."

Y aquí llegamos al nudo de nuestra exposición, a lo que llamamos “la angustia de los constitucionalistas”.

Cuando el pueblo mayoritariamente aplaude los atropellos a las instituciones...
¿de qué servirá la férrea división del poder, la perseverante búsqueda de independencia, la paciente construcción del Otro?

En estos días, en que al igual que en los noventa, una bonanza económica cultiva una afición pasajera a conductas contrarias a las instituciones, y se defienden los incumplimientos y hasta se ensalzan las violaciones, no está demás volver a plantearnos el dilema de Hamilton.

Es indudable que alguna doctrina ya nos contestó hace décadas, es aquella teoría que se llamó ‘de la vigilancia contramayoritaria’ liderada por Bickel.
Se decía que nadie puede arrogarse un control de normas contra la voluntad de la mayoría. Se decía que es superior el poder aunque momentáneo del consenso democrático al poder anquilosado de cualquier norma. Se decía que es preferible la equivocación si todo el pueblo consiente en ella que el acierto sostenido por un grupo de jueces que vigilan el cumplimiento de normas obsoletas, contrarias a la voluntad mayoritaria actual. Se decía que la sociedad debía ser democrática y plebiscitaria, decidiendo en cada caso lo mejor sin atarse a normas cristalizadas anteriormente.

Esas mismas ideas parecen hoy gritarse desde las tribunas.

Es mucho más rápido cambiar la orientación del legislativo y del Ejecutivo que cambiar las normas. Entonces parece ser más sencillo violarlas, olvidarlas, burlarlas.

Hoy mismo, los constitucionalistas, que analizamos y defendemos normas de difícil modificación, y exigimos respeto por lo escrito, parecemos un grupo de viejitos cascarrabias defendiendo las Leyes de Indias...

Pero a eso vinimos.
Vinimos a decir que las normas constitucionales deben respetarse hasta tanto por el procedimiento solemne establecido sean modificadas.
Vinimos a decir que la división de poderes es un bien valiosísimo construido con sangre y lágrimas de gente que sufría injusticias superiores a las presentes.
Vinimos a decir que por mucho consenso que tenga un Presidente o un Congreso no pueden obviar las normas constitucionales.
Vinimos a decir que por más mayoritario que sea un consenso entre la comunidad, por muy fuerte que sea el entusiasmo, no se puede desoír la voz del acuerdo fundamental cristalizado en la Constitución Nacional.
Vinimos a cumplir con nuestro deber de sostener el delicado equilibrio de los poderes.
Vinimos a preferir las normas constitucionales a las aficiones pasajeras.
Vinimos a pasar por cascarrabias.