No soy muy afecto a contar anécdotas personales pero, quizás para demostrar que toda regla tiene su excepción, voy a contar una.
Me gusta pensar que esta anécdota es sobre la inutilidad del derecho, especialmente en los momentos de caos. O mejor aún: sobre cómo debería ser el derecho para ser útil.
La ciudad de Santa Fe sufrió una feroz inundación que anegó media ciudad el 29 de abril de 2003, causada por la crecida del Salado, y por la inoperancia y corrupción de los funcionarios nacionales, provinciales y municipales.
En aquellos aciagos días los santafesinos que no nos inundamos acudimos solidariamente a los centros de evacuados que se improvisaban en distintos edificios públicos, especialmente en las escuelas.
Yo en aquel entonces era un joven abogado, profesor de derecho constitucional,  y afortunadamente el agua no llegaba a mi casa.
En la Facultad de Derecho no permitieron el acceso de los inundados que salían de sus casas, y no suspendieron las actividades.
Los Tribunales estaban cerrados, y suspendidas todas las causas.
Fui a colaborar en el centro de evacuados que se había improvisado en la escuela Almirante Brown.
Allí, a medida que llegábamos los voluntarios, una maestra nos anotaba y nos indicaba en qué podíamos ayudar.
Delante mío, tres personas.
Escucho a la primera de la fila anunciar que era maestra jardinera, y la coordinadora le dice “Bárbaro, andá a entretener a los niños, hay muchos chiquitos llorando”.
La segunda de la fila dice que es enfermera. La coordinadora le dice “¡Qué suerte que viniste!! Improvisamos una enfermería en aquella aula, andá y dale una mano a la gente.”
El muchacho que estaba delante mío anuncia que es veterinario, y le contestan “Vos sabés que mucha gente trajo sus mascotas, fijate si los podés revisar, que no haya enfermedades, ni muerdan a nadie”.
Llega mi turno. La maestra me mira cansada y ansiosa. Humildemente indico “Yo soy abogado”.
Me mira consternada…
“Ehhhh… mirá, allá están haciendo fideos para la gente, dales una mano”
Y ahí me fui, a revolver fideos y a servir comida en bandejitas descartables.
Y, revolviendo esa inmensa olla y sintiendo el olor a pobres mojados por todas partes, entendí a Marx y a Engels: el derecho es una ‘superestructura’ que sólo funciona mientras el Estado existe. Cuando el Estado colapsa, durante el caos, el derecho no sirve para nada.

Y por eso el Estado y el Derecho terminarán algún día en un museo. O, como decía el nulamente marxista Borges: “algún día los pueblos mereceremos no tener más gobiernos.”

Porque cuando hay hambre, cuando hace frío, cuando la enfermedad golpea, el derecho es absolutamente impotente.
El derecho no le sirve a la gente de manera directa, no cura, no alimenta, no cambia la realidad.
Y sin embargo, algunos seguimos haciendo derecho. Será porque nos queda la esperanza, más literaria que real quizás, de que revolver es revolucionar…

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Notas relacionadas:

Cosas que nos fuimos a hacer cuando salimos del centro de evacuados:

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Reutemann, el amenazado